El hombre cuenta más chistes pero la mujer ríe más, dado que genéticamente difieren sus estrategias cerebrales para procesar las situaciones absurdas que desencadenan la risa, que es algo innato al ser humano.
Las diferencias no sólo proceden del número de neuronas en determinadas zonas del cerebro de unos y otras, sino además a las conexiones neuronales entre ambos hemisferios en los hombres respecto a las mujeres. Pese a los condicionantes sociales o culturales, añadidos a los factores cromosómicos para procesar la risa, cuyas diferencias en los hombres y las mujeres se acentúan a lo largo del tiempo, los genes del cerebro se encuentran fundamentalmente en el cromosoma “X”, lo que implica dosis dobles en la mujer respecto al varón. No obstante, el cromosoma “Y” masculino incluye en el caso de la especie humana un gen sobre caracterización del cerebro, ha recordado la experta. Las diferencias en la cantidad de expresión de los genes influyen en gran medida en el hecho de que el cerebro se vaya desarrollando de una manera u otra en el caso del niño o la niña desde la gestación.
Se ha comprobado que ellos y ellas procesan distinto lo divertido, ya que las mujeres activan más las zonas cerebrales relacionadas con el procesamiento del lenguaje, y disfrutan más del humor, es decir, se ríen más. Por el contrario, “el cerebro masculino no integra tanto lo emotivo”.
El primer paso de toda risa es entender el chiste, una historia con un giro argumental inesperado, detectado por una ‘central de errores’ que nos instala en lo absurdo, lo ilógico. “Ellas utilizan más áreas del cerebro para entender el lenguaje, pues captan más detalles”.
Según López Moratalla, la detección de errores tiene “una recompensa innata” que desencadena la risa y produce una liberación de dopamina, que es la hormona de la felicidad. La risa, que es la expresión espontánea del regocijo, es innata, genética, aparte de universal, y se da en todas las personas, de modo que, por ejemplo, los ciegos se ríen con un chiste, aun sin haber visto nunca a nadie sonreír. Lo que sí es cultural es la forma de expresar o reprimir el regocijo dependiendo de las distintas comunidades, según la investigadora.
Hasta que se desencadena la risa, primero se tiene que entender el chiste, luego encontrarlo divertido y finalmente reír, unos pasos que se van registrando en distintas zonas del cerebro, y que requieren de “una mente ágil y flexible”; por eso, a menudo los niños no entienden los chistes.
¿Qué es divertido? “Eso es algo muy personal, pero a las mujeres les sirven menos cosas”. A la mayoría, le hacen gracia los chistes de la guerra de sexos, por “esa tendencia de las bromas de hacerse superior al otro”. Les gustan, claro, los que se meten con los hombres; los demás, no tanto. “Ellos se ríen más de ellos mismos”. Y ellas son más complejas, o los hombres más simples en cuanto al humor. “No sólo en cuanto a la risa, sino que los hombres son más simples en todo, pues las mujeres tienen más repartidas las funciones en el cerebro. Ellas son más emocionales.
Un ejemplo. Una persona traza una ruta para orientarse en una ciudad: “Una mujer toma por referencias un color, algo que la ha gustado o algo que le disgusta… Los hombres se mueven por kilómetros, son más racionales. No quiere decir que sean unos más efectivos que otras, pero utilizan, también para la risa, diferentes estrategias. Lo comparo a un mapa de metro: para ir de un punto a otro, se pueden tomar varias rutas aunque el resultado sea el mismo”.
Pero, ¿Qué necesita uno para reírse? En primer lugar, la capacidad del lenguaje, para poder entender el chiste. Por eso, los animales no se ríen, ni siquiera algunos como los babuinos y los chimpancés, que usualmente utilizan las muecas de la carcajada para expresar otras situaciones, como el peligro o la alerta, nada de bromas.